Sema D’Acosta «Musitar» exposición Laura Segura

Sema D’Acosta «Musitar» exposición Laura Segura

 

Todas las obras de Laura Segura Gómez (Pedrera, Sevilla, 1985) contienen algo innegablemente sensitivo y cercano. Ante ellas, encontramos siempre un vínculo indescifrable que nos resulta familiar. Su obra no es fácil de acotar, posee una belleza orgánica relacionada con lo vivo y cambiante de las pulsiones del campo, entre lo animal y lo vegetal, entre lo reconocible y lo incierto. Sus creaciones nos llevan a una zona indefinida de los recuerdos que podemos enlazar con la infancia, el calor maternal o las labores rurales, especialmente las asociadas con la artesanía y el refugio donde habitan insectos, mamíferos o aves. Según su propia percepción de aquello que nos rodea, el entorno en el que nos hallamos no es una imagen abstracta ni debe ser valorado a partir de conjeturas teóricas, sino desde lo concreto y tangible como cualquier elemento integrante de la naturaleza. A veces táctil, a veces oloroso, a veces rudo, pero asumiendo el valor de aquello empírico que podemos establecer o percibir por nosotros mismos. Para entender sus piezas, es fundamental verlas en directo, sentirlas de cerca. En ese sentido, su trabajo enlaza con los planteamientos del filósofo inglés John Locke, cuya tesis principal sostenía que el verdadero conocimiento se centra en nuestra experiencia del mundo; no en la realidad en sí, sino en cómo la experimentamos, una afirmación que antepone lo vivencial y se aleja de los preceptos epistemológicos que se sustentan en la especulación de las ideas, una amplia superficie indeterminada y gaseosa -más común de lo que parece en arte contemporáneo-, que olvida en demasiadas ocasiones la relevancia del contacto con las cosas.

La primera exposición individual de Laura Segura Gómez en Marquesa Gallery muestra una selección relevante de sus últimas obras. Casi todas están elaboradas en los dos últimos años, aunque también encontramos algunas anteriores. En general, el tono es sugerente, las piezas hablan en voz baja, nos cautivan por su condición imprecisa y el atrayente sentido háptico de los materiales naturales que usa: lana, madera, seda, jabón, fibras, pigmentos, metal, vidrio, cera o algodón. No están pensadas sólo para los ojos, el olfato o los aspectos táctiles, también aportan; incluso algunas se pueden tocar con las manos. Sus trabajos no deberían interpretarse simplemente como objetos estéticos, poseen matices experienciales. Observados con atención, no sabemos descifrar con claridad qué significados encierran, una cualidad que aviva la imaginación del espectador y lo hace partícipe de su mundología, que mezcla sin distinciones consideraciones en torno a la contemplación atenta del paisaje en el contexto de un pueblo pequeño del sur, la escucha interior del propio cuerpo o interpretaciones personales sobre la espiritualidad. De hecho, ella lee bastante sobre distintas religiones del mundo o pensamiento místico y algunas piezas se inspiran, por ejemplo, en las ruedas de oración de los templos budistas, unos cilindros giratorios que sirven para liberar plegarias (Ommmmm, 2026). En su caso, al estar hechos de jabón y madera, existe algo que la inhabilita como instrumento de culto y la lleva a un territorio más alegórico. El jabón se asocia con el agua y la limpieza, con las abluciones y la preparación para un estado de aproximación a lo divino. Igual ocurre con la gran instalación titulada Kundal (2026), una serpiente abstracta entendida como símbolo de renacimiento y transformación, como energía latente que yace enroscada dentro de nosotros; una escultura orgánica que, de algún modo, representa el binomio vitalidad/creatividad, intrínseco a su manera de ser.

El proceso es un eje esencial de sus propuestas. Tarda mucho en cada producción. En su labor no hay retóricas ni entelequias ni rebuscamientos, sus piezas están hechas con las manos, acumulando tiempo y dedicación. Cada una de ellas la sumerge en una especie de letanía monótona, un estado de concentración cercano a la introspección. Esa mirada interior acerca el trabajo de Laura a las muchas mujeres que, generación tras generación, estuvieron tejiendo en el hogar mientras sostenían a la familia. A menudo invisibilizadas, han sido ellas las que han liderado el cuidado comunitario, asumiendo ese sacrificio con orgullo para que sus hijas e hijos progresaran. También con los artesanos que con meticulosidad mantuvieron en los contextos autóctonos las tradiciones del buen hacer aprovechando los recursos locales. La fragilidad de estas obras es su fortaleza, como puede constatarse en Los mil pétalos (2025), donde las escamas de barro y lana sirven al mismo tiempo de capa protectora y sugestiva superficie. La obra nos recuerda a un pangolín o armadillo, cuya armadura le vale de escudo ante los depredadores y permite llevar incorporado una protección que le da seguridad para desenvolverse sin miedo por el ecosistema. Son trabajos lentos, pacientes, que facilitan la reflexión durante su confección. La cabeza se activa al sentir con los dedos el roce de los materiales, que se acoplan a una forma siguiendo una estructura, tal como ocurre con las teselaciones que encontramos en infinidad de patrones naturales como los panales de las abejas, un insecto con el que la artista se siente particularmente identificada. El delicado friso 13º (2026), de porcelana y vidrio, o la pieza colgante Shambhala (2024), nos remite a sus colmenas, los lugares donde viven. Asimismo, la obra Oro-Péndola (2024) la asociamos con las bolsas colgantes donde crían las oropéndolas; aquí, la inspiración en el hábitat de esta ave de plumaje característico es indudable. El propio cuerpo como casa, la concha o el nido nos llevan a la poética del espacio de Gaston Bachelard y la conciencia primitiva del refugio como morada.

Al contemplar el conjunto de obras, nos damos cuenta de que Segura Gómez elude los argumentos espectaculares y huye de la grandilocuencia; lo suyo es el susurro, musitar en las distancias cortas, establecer relaciones de intimidad. Por encima de cualquier planteamiento cartesiano, su obra es intuitiva, superpone arte y vida. Sin duda, se aleja de los compartimentos estancos que promueven las bellas artes para centrarse en las personas y en sus modos de vincularse con ese no se sabe qué indescifrable que nos conecta con la tierra y los seres que la pueblan. De modo implícito, la exposición gira en torno a lo primigenio y los vínculos más elementales que todavía mantenemos con el medio natural. Sus trabajos nos hacen partícipes de un acercamiento a lo rural, nos llevan lejos de lo urbano, renunciando a cualquier atisbo tecnológico para reivindicar lo manual. Sus motivaciones parten de universos amplios que se identifican tanto con la cultura popular como con la intelectual. Esos guiños son explícitos pocas veces, en varios de los títulos se puede rastrear su procedencia, que puede provenir de las humanidades o la ciencia, sus fuentes son heterogéneas. Por ejemplo: Desenvuelto de la envoltura es un poema de Walt Whitman presente en ‘Hojas de hierba’. O los 13º hacen referencia al ángulo preciso de las celdas para que la miel no se caiga. Áreas blandas urdidas con nudos, tapices en espiral, extensiones de ganchillo, formas que caen del techo, maderas que asemejan herramientas o pieles texturizadas que reconocemos. En conjunto, una especie de cuerpo escultura-paisaje que convierte la visita a la sala en un paseo multisensorial donde además de los insinuantes tejidos tintados que advertimos, predominan los rojos, pueden percibirse otras sensaciones más allá de las visuales.

Lo misterioso persiste en nosotros. Por suerte, los seres humanos somos un complejo entramado de circunstancias incontrolables que no se basan sólo en la razón. El cientificismo abrupto reduce los sentimientos hasta reducirlos en reacciones químicas medibles; es capaz de abreviar el mundo natural a lo que significa un zoológico o un jardín botánico. Debemos revisar nuestra situación en el medio. Es necesario potenciar el hemisferio más intuitivo del cerebro, el menos analítico, para que emerja de manera libre la versión menos estructurada y más sensitiva de las personas, una faceta ahora abandonada por la confianza excesiva en el progreso y en las nuevas tecnologías, avances inevitables que nos permiten (aparentemente) aumentar en comodidad y calidad de vida, pero que nos restan valores trascendentales, cualidades indefinibles de la existencia que son la fuente intangible de la que se nutre el arte. En tiempos de incertidumbre, el campo ofrece certezas. Volver a pasear por los caminos supone encontrarnos con aquello que somos, acudir al pueblo para encontrar el germen, observar los animales y las plantas. Pararse a charlar con alguien, escuchar el viento, mirar el agua de un arroyo, sentir la hierba húmeda de la mañana al andar. Durante siglos, estuvimos atentos al cielo y la tierra para comprender cómo era el lugar donde vivíamos, pertenecíamos a un contexto donde existía un equilibrio. Hoy, inmersos en una ciega huida hacia delante y guarecidos en las pantallas, hemos perdido el vínculo con nuestra procedencia. La obra de Laura Segura Gómez nos invita a conectar con la parte más emotiva de nosotros y acercarnos al origen.

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Rocio Martínez Martínez

Rocio Martínez es cofundadora y directora de Marquesa Gallery. Historiadora del arte y experta en mercado artístico con años de experiencia, ha trabajado estrechamente asesorando en la adquisición de obras de arte, tanto con galerías como con coleccionistas privados.

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